Hoteles, frigobares, salas VIP, aeropuertos internacionales. Aviones que despegan y personas que aterrizan. Reencuentros y desencuentros entre valijas que se pierden en laberintos de mangas y carros esponsoreados por empresas de telefonía. Duty Free y los vicios permitidos en oferta. Teléfonos para conectarse y televisores para desconectarse mientras el ruido de la ventilación tiñe todo de un tinte muzak. Y tu nombre rebotando en las paredes de mi habitación vacía.
Encontrarse con una persona que hace meses que no ves, a miles de kilómetros de ese lugar donde lo encontraste por última vez, hace que la frase "el mundo es un pañuelo" se sienta mucho más viva. Porque una vez que atravesás la sorpresa del encuentro y los motivos del viaje, la conversación toma rumbos inesperados y se hace mucho más personal que la que hubieras tenido cerca de tu casa. Entonces pensás que, en realidad, el mundo no es más que una casa de muchos cuartos.
El tamaño, a veces importa. Para hacernos sentir pequeños, para demostrarnos que no somos el centro del universo y que en una ciudad además de cemento hay gente. Mucha gente. Que vive y mantiene viva una ciudad que realmente nunca duerme, porque podés encontrarte con una obra en construcción funcionando como si fuera a plena luz del día, a las once de la noche. Una ciudad donde encontrás tiburón, en la carta de un restaurante. Y donde te sentís un playmobil
en cualquier esquina.
Últimando los detalles finales antes de volver a subir a un avión. El equipaje descansa sobre la cama, los saludos quedaron sobre el sillón y ya estoy temiéndole al insomnio que antecede cada una de las expediciones aéreas. La selección musical y literia, indispensable para estos menesteres, también está esperando por ser leída y escuchada. Será cuestión de esperar a que nos llamen por los altoparlantes.
A algunos les falta el tiempo para hacer lo que quieren. A otros les falta una persona con la cual compartir una puesta del sol. Están aquellos, a los cuales les falta un poquito de amor para dar. O esos otros, que creen que les falta lo que les sobra. Y por último están esas personas a las cuales les falta darse cuenta de que lo mejor está pasando ahora mismo mientras ellos se quedan recordando lo que pasó o planeando lo que va a pasar.
Llovía a mares y el único refugio posible era un toldo desvencijado sobre una calle lateral a la avenida principal que no conducía a ninguna parte. Miró el reloj, empañado por el agua, y supo que no llegaría a horario a cenar. Buscó en los bolsillos su teléfono celular cuando recordó que lo había dejado sobre la mesa de luz. Las luces de los autos llegaban difusas a través de las gotas de lluvia y entonces descubrió que apurarse sería en vano, porque nadie lo esperaba.
Viendo programas de televisión sobre grupos que ya no existen, uno puede darse cuenta de lo rápido que dejamos de ser jóvenes y cómo nos cambió la vida. El cantante decía algo así como "Lo máximo hubiera sido ser jugador de fútbol y lo mínimo ser profesor en la universidad. Y terminé cantando en una banda de rock". Porque como dijo el músico inglés, amigos, la vida es eso que ocurre entre disco y disco.
En Canciones Tristes el reloj marca las doce y desde uno o dos pisos más arriba, una pareja discute con el tono que utilizan las parejas que no tienen mucho futuro pero que les sobra pasado. Un locutor, entrado en años, acerca el micrófono a su boca y señala que una nueva hora está comenzando, mientras el termómetro no llega a los quince grados. Y mientras tanto, yo, buscando ideas en viejos cuadernos que creía perdidos.
Rodolfo tenía que preparar un festejo porque cumplía treinta años, con la desgracia de que el día de su cumpleaños caía un lunes. Pensó en hacer algo sencillo el domingo por la noche, un poco de música para bailar, la familia y los amigos cercanos, pero recordó que detestaba bailar. Entonces se dio cuenta de que podía hacer un té, de domingo por la tarde. Enseguida se sintió una señora grande de Barrio Norte, que se junta con sus amigas a recordar épocas gloriosas del cine nacional. Entonces fue hasta la perfumería y compró un juego de ruleros.
No se si lo habrán transitado a la velocidad que lo hice yo (con cambio de trabajo, exámenes, blogs y etcéteras varios) pero ya pasaron treinta días desde que les conté que empezaba junio. Ya estamos en Julio, el mes invernal por excelencia. La primera mitad del año llegó a su fin y ahora los días irán alargándose indefectíblemente. No durmamos en los laureles (sobre todo porque son incómodos) porque a este ritmo, en cinco minutos vamos a estar con las copas en la mano y preguntándonos por qué no comemos Vithel Toné más seguido.
Entonces en un momento mirás hacia atrás y te das cuenta de que hay cosas que hiciste hace más de diez años. Y que ya en aquella época te creías grande y mirabas a los que ahora tienen tu edad, como ancianos que ya estaban de vuelta de todo. Pero el tiempo pasa, indefectiblemente y por más de que hagamos cosas para remediarlo, nos volvemos viejos. Lo importante es acompañar el paso del tiempo con estilo. Y saber que para cada cosa, hay un tiempo. Porque nada peor que una persona fuera de ritmo.
Los amigos de "El mundo entre las manos virtual" sacaron, en una semana, dos notas que me hubiera encantado hacer a mí, a dos personajes que habitualmente protagonizan post en este lugar. La primera, a Coki de Bernardis, crédito rosarino por el cual este humilde servidor recorrió media rosario para conseguir sus discos. La segunda, con Estelares (en realidad estuvieron en La Vieja Usina, cubriendo un show), herederos del más exquisito rock nacional. Los dejo con estas notas, para que se repongan de un domingo electoral.
Algunas cosas, como hacer trámites, suelen ser bastante engorrosas y uno espera encontrarse con grandes filas de gente en la misma situación, con el humor por el piso y bastante más irritable que en cualquier otro lugar. Pero a veces, por esas cosas de la suerte, los trámites son rápidos, efectivos y nos dejan con una sensación de felicidad extraña. Una sorpresiva felicidad. Esto me pasó hace unos días, cuando hacer un trámite (que debería haberlo hecho hace dos años) me llevó algo más de tres minutos. Entonces, fui la única persona feliz de toda la zona de tribunales.
Como todos los que estamos metidos en una carrera universitaria (que puede ser tanto una maratón como una carrera de postas, pasando por una con vallas, depende de cada uno) estoy pronto a empezar una temporada de finales y después, al fin, el fin. Y entre los planes que tengo para este receso invernal hay una lista de cosas para hacer (además de leer, como lo dije hace algunos días) entre las que se encuentran ordenar mi placard (tengo miedo de que la ropa salga y me ataque por tanto olvido), armar un mueble para el baño (no soy Bob el constructor y me llevo mal con estas cosas hogareñas, pero esas maderas están desde hace un año esperando por ser unidas. Su paciencia merece mi esfuerzo) y disfrutar de los restantes fines de semana, para no hacer nada que no me cause placer. Espero poder hacerlo todo.
Miércoles, el fin de semana está a la vuelta de la esquina (mis planes incluyen preparar finales, preparar finales y un tercer ingrediente que, seguramente, está relacionado con preparar finales) y ¿qué mejor que comenzar a disfrutarlo leyendo la historia de un tema de Bob Dylan, mientras escuchamos ese tema?. Sólo deben hacer clic acá.
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