Algunas noches atrás soñé que me encontraba con mi padre y le decía una suerte de verdades fantásticas. Le decía ese montón de cosas que sueño con decirle desde hace algún tiempo y todavía no tuve el coraje ni me tomé el tiempo para decírselas. Pero ahí se las decía aunque no recuerdo cómo las tomaba. Sin dudas, en algunas circunstancias somos mucho más valientes que estando despiertos. Y tampoco está mal que así sea.
Algunas noches atrás soñé que me encontraba con mi padre y le decía una suerte de verdades fantásticas. Le decía ese montón de cosas que sueño con decirle desde hace algún tiempo y todavía no tuve el coraje ni me tomé el tiempo para decírselas. Pero ahí se las decía aunque no recuerdo cómo las tomaba. Sin dudas, en algunas circunstancias somos mucho más valientes que estando despiertos. Y tampoco está mal que así sea.
Alguna vez me gustaría hacer las cosas que odio del verano. Ir a Mar del Plata a la playas más populares, hacer fila para comer un bife reseco y unas papas chorreando grasa, ver obras de teatro protagonizadas por chicas de cien pesos y cosas por el estilo. Pero no sé si quiero todo eso para terminar de comprender el gen argentino, para sentirme más argentino o simplemente para sufrir. Cuando lo logre, cuando al fin llegue a Mar del Plata un primero de enero, prometo contar mis sensaciones. Mientras tanto, me quedo en la sierra.
Tengo un plazo fijo.
Sólo me falta comprarme un par de mocasines, para convertirme en mi tío.
Oh, Dios.
Y es tanto el odio, es tanto el escozor que me provocan, que de un tiempo a esta parte disfruto cada vez más cuando tengo que hacer un trámite, y me dejo llevar en esa marea de ventanillas y de empleados que comen bizcochos de grasa.
Escribo esto mientras espero que me atiendan en lo que sería la línea de largada de una serie de trámites que, estimo, llevarán hasta recién llegado febrero.
Así que si en medio de una dependencia pública se cruzan a alguien con una sonrisa, es muy probable que ese desquiciado, enfermo y psicópata, sea yo.
Los dejo, es mi turno.
La maldita canción del verano Propongo a los ilustres visitantes que cuenten cuál es el tema del verano que primero se les viene a la mente. En mi menta, están peleando a puñetazos “Verano del ’92” y el de “que te clavo que te clavo la sombrilla”. Y estoy seguro que ahora mismo, ustedes, están cantando “que te clavo, que te clavo la sombrilla”.
Ayer a la noche, en uno de mis insomnios veraniegos, estaba pensando en no pensar demasiado nos salva (Ok, pensar de la manera adecuada nos salva más, doctor, pero no se meta en mis textos, por favor).
Recuerden el primer beso que le dieron a su pareja. ¿Listo? Ok. Ahora dense cuenta que nunca más sentirán esa sensación. Ni aquella sensación de no saber si ella (o él) iba a aceptar salir, ni esa otra que está por ahí, de intuir que había onda.
Piénsenlo bien. Tal vez no me sienta tan solo si esta noche vuelvo a estar insomne.
Llueve sobre mojado.
Estoy casi seguro, tengo el presentimiento y hasta tengo a la virgencita que cambia de colores, que en un par de días se larga una tormenta que inunda un tercio (o dos) de Buenos Aires.
Conduzcan con precaución (sus botes).
(Saludamos con distinción a esta entrada, la #100)
El sábado por la mañana falleció Gabo Manelli, cuatrocuerdas fundacional de Babasónicos y músico elegante por donde se lo mire. Nuestros respetos a la familia sónica.
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Por algunas circunstancias (y algunos pactos que, por el sólo hecho de firmarlos, resaltan mi caballerosidad), en la segunda mitad del año tuve mucho tiempo muerto (de cuatro horas por día, tres días por semana), que aproveché para completar este blog, para recorrer librerías, para perder el tiempo también. Y todo este tiempo libre me ayudó a confirmar que esperar es una de las cosas que más detesto, pero tener tiempo para mí una de las cosas que más amo.
You were famous, your heart was a legend.
(From Chelsea Hotel #2)
Crédito FotoDedicado a S.J.M., dondequiera que esté.
Nunca entendí esa gente que disfrutaba del calor. ¿Qué tiene de bueno algo que te hace transpirar, que te hace estar incómodo, que, sumado a otras cosas hace que los mosquitos vuelvan?.
Soy un acérrimo defensor del invierno, por más que también lo sufra.
Pero prefiero vivir como un muñeco de Michelin (léase “Mishelan”) antes de morir insolado como un choclo.
Ayer tuve un sueño tan extraño como para que valiera la pena escribirlo. Venía yo por una autopista - carretera, en el asiento trasero de un auto convertible (¿hace falta aclarar que no lo tengo?) a toda velocidad, cuando me di cuenta que nadie conducía y traté de llegar al volante como pude, para empezar a esquivar las catástrofes que se sucedían delante nuestro. Autos en llamas, choques múltiples, un ovejero alemán gigante, cruzándose por el camino, un helicóptero y yo tratando de esquivarlo todo hasta que dejé de hacerlo y entonces...CRASH, BOM, BANG. El convertible volcó y se prendió fuego y yo comencé a verlo todo como si estuviese jugando al Out Run. Después me desperté. Psicólogos o estudiantes de psicología, se aceptan comentarios.
Vos y yo, nuestra historia en los diarios, esto podría haber sido una canción. Una vez, me tocaste las manos. Vos eras Butterflay y yo el león. Yo mojé la pelota de trapo. Vos, de chica siempre hablabas sin parar. Y después yo pisé tus zapatos, vos dejaste un chico y yo la facultad.
Salí, corré, buscá, mirá allá ¿no vés? Volá, flotá.
Empezó, por la falta de sueños, el domingo aquel que se ahorcó tu mamá. Yo canté, con la Rick en el Oslo y empecé a volverme loco en un hotel.
“Maricón, no hacés nada en la casa. Hoy saqué diez botellas del bidet.”
“Puta infiel, todo el día esas pastas!. Te acostaste con mi hermano y con Raquel.”
Salí, soñá, corré, bailá, mirá allá ¿no ves? Flotá.
Tengo tres tiros sobre la espalda. No me acuerdo si yo te acuchillé. ¿Qué pasó?
¿Qué pasó en esta casa?
Esto podría haber sido una canción.
Los fuegos del dos mil siete todavía no están del todo apagados y vaya si ardieron. Todo empezó con la decisión de padre de abandonar a madre después de un montón (treinta y tantos), de un día para el otro, para irse a vivir con una chica que no conocemos ni queremos conocer. Unos meses más tarde, cambié de trabajo después de siete años de estar en la misma oficina (geográficamente hablando, ya que en el medio pasé por cuatro pisos, seis puestos y no recuerdo cuántos jefes) para volver a cambiar tres meses más tarde, por el lugar donde estoy ahora. En el medio, operaciones, el robo de un auto (apareció, sin ruedas, en un lugar no demasiado turístico) y algunas cosas más que sucedieron en el medio. Amigos que se van, otros que vienen y la vida sigue. Si fuese un juego de poker, no te digo que el dos mil siete fue un poker de sucesos, pero sí que estuvo cerca de la escalera. ¿Hay algún full del otro lado?




