Los fanáticos del fútbol son una raza extraña capaz de recordad hechos intrascendentes como nombres de jugadores a los cuales les sacaron tarjeta amarilla en los primeros quince minutos del primer tiempo o cual fue el campeón del torneo metropolitano 1976. Desconozco si es un fenómeno mundial o meramente argentino, pero me resulta simpático. Aunque les recomiendo que recuerden, además, la camisa que se pusieron la primera vez que besaron a sus novias. O, aunque sea, la última.
Ay, la espera. Una de esas cosas que se disfrutan mucho más (o que se padecen mucho menos) si hacemos algo mientras tanto . Esperar que ese chico te llame es una tortura, pero si te ponés a ver una de esas películas con Bogart que tanto te gustan, el tiempo pasa más rápido. O al menos no se detiene. Que lo esperado valga la espera bajo la lluvia dos o mil horas, también es determinante. A vos, por ejemplo, te espero una o dos vidas, si hiciera falta.
Tampoco es cuestión de volver con el mismo impulso del primer día. Cuando no hay, no hay.
Sabemos bien eso de que el tiempo es relativo. Y lo notamos aún más cuando volvemos a encontrarnos con viejos compañeros de alguna porción de nuestra vida después de varios años sin verlos, y el diálogo está intacto. Esas personas de las cuales sabíamos lo suficiente como para que nos cayera bien, con las cuales compartíamos muchas cosas más que con cualquier primo. Brindo entonces por los flashbacks sentimentales, ahora que octubre se partió por la mitad y ya se ven venir los trineos navideños.
La eterna huída hacia adelante. Escapar sin reparar en lo que queda detrás y sin que nos importe lo que encontraremos en el próximo paso. Jugar con fuego, quemarse y volver a jugar hasta que aprendamos a hacerlo sin correr riesgos. Aprender a olvidar y a olvidar lo aprendido, para que todo sea una novedad y no se llene la casa de recuerdos inútiles y sin sentido. Y no perder, nunca, la capacidad de asombro porque es una de las cosas que nos mantiene vivos, en estado de alerta y con ganas de seguir, escapando hacia adelante.
Milagros llegó a Miami huyendo de una revolución o de un marido golpeador. Ya lo habia olvidado, o eso me dijo. Habla en inglés, en castellano, en inglés, en castellano y asi sucesivamente. Una forma de hablar semi esquizo, como si fuese un dvd con las zonas en random. En qué idioma soñará? Milagros me mira por encima del mostrador de Pollo Tropical con unos dientes blanquísimos y me dice que es mucha comida la que llevo, que con eso, en la época en la que decidió irse de su país, comía una familia durante una semana. Le digo que algo así estamos viviendo los que vamos a comer, pero sin exilio. Y Milagros sonríe otra vez.
Volver a casa después de un tiempo sin visitarla y encontrar todo igual. Levantar las persianas para que el sol vuelva a estar en contacto con las plantas y el resto de los objetos inanimados de la casa, controlar que todo lo que sea eléctrico funcione y notar en el reloj despertador que alguna vez, en nuestra estadía afuera, se cortó la luz. Volver a enchufar la heladera. Prender un cigarrillo sentado en el sillón y pensar todas las cosas buenas que pueden suceder en este mismo lugar, a partir de mañana. Wellcome Back to Sweet Home Te Mataría.
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